La noche anterior, en un bote: cuatro cucharadas de copos de avena, la misma cantidad de leche o yogur, y fruta troceada. Tapas y a la nevera. Por la mañana los copos han absorbido el líquido y están cremosos, sin encender un solo fuego.

¿Sabías que...? La avena tiene betaglucanos, un tipo de fibra soluble que cuenta con declaración de salud aprobada en la Unión Europea: contribuye a mantener el colesterol en niveles normales. Hacen falta unos 3 g al día, que salen de un bol generoso.

Al ser fibra, también sacia: es de esos desayunos que aguantan hasta la hora de comer sin dejarte con hambre a media mañana. Y como el remojo ablanda los copos, sienta mejor que la avena cruda echada por encima con prisa.

Lo mejor no es la avena, es el orden. Estás moviendo dos minutos de la mañana —donde no los tienes— a la noche, donde sobran. El «yo» de mañana se levanta y ya está hecho.

Empieza hoy: mezcla avena y leche en un bote antes de dormir. Mañana el desayuno ya está esperándote.

Desayuno Sin prisas