La ensalada no da pereza por la lechuga. Da pereza por ese momento tonto de sacar el aceite, el vinagre, la sal, ir echando a ojo y acabar con algo soso. Son treinta segundos, pero son los treinta segundos que te empujan a cenar otra cosa.
La solución cabe en un bote de cristal pequeño: aceite de oliva, vinagre, una cucharadita de mostaza y sal. Tapas, agitas y a la puerta de la nevera. Te dura días y la mostaza hace que no se separe tan rápido.
¿Sabías que...? Un estudio de la Universidad Estatal de Iowa midió qué absorbía el cuerpo de una misma ensalada según el aliño: con grasa se aprovechaban muchos más carotenoides —los pigmentos del tomate, la zanahoria o las hojas verdes— que con un aliño sin ella. El chorrito de aceite no es un pecadillo: es parte del plato.
A partir de ahí, la ensalada deja de ser un proyecto. Abres, echas, listo. Y como ya no hay fricción, la verdura pasa de «debería» a «me apetece», que es justo el cambio que buscamos.
Empieza hoy: llena un bote pequeño de aliño y guárdalo en la nevera. La próxima ensalada se hace sola.