En cuanto aprieta el calor, el agua llama. Y lo bueno es que no hace falta nadar largos ni contar piscinas: meterse al agua —el mar, la piscina, un río— es de los placeres más sencillos que quedan, y no te pide nada a cambio.

Lo primero, flotar. Túmbate boca arriba, llena los pulmones de aire y deja que el agua te sostenga. Es de las pocas veces en que no tienes que hacer nada: ni aguantar tu peso ni ir a ningún sitio. Solo respirar y quedarte ahí.

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¿Sabías que...? Flotas por pura física: tu cuerpo tiene una densidad muy parecida a la del agua, y con los pulmones llenos de aire apenas pesas dentro de ella. Por eso moverte en el agua cuesta tan poco: el agua carga con casi todo tu peso.

Y si te apetece moverte, nadar es de lo más amable que hay: suave con el cuerpo y sin ahogos. No hace falta estilo ni velocidad. Unas brazadas tranquilas, andar por el agua a la altura del pecho o cruzar la piscina a tu ritmo ya cuentan. Ni técnica que valga ni marca que batir.

Y lo mejor: casi todo vale y casi nada cuesta. Una piscina municipal, el mar a primera hora, un río de montaña. Ve a media mañana o al caer la tarde, cuando el sol aprieta menos y el agua está más tranquila. Ahí tienes el mejor plan del verano, sin gastar y sin agenda.

Empieza hoy: busca el agua más cercana —piscina, playa o río— y ve a la hora en que el sol no castiga. Media hora flotando y verano resuelto.

Verano Para empezar